Participación de los pacientes en la investigación

¿Cómo surgió esta participación de los pacientes en la investigación? En una sección previa se demostró, por ejemplo, cómo los tratamientos excesivos que solían imponerse a las mujeres con cáncer de mama dieron origen a retos y cambios, primero por parte de una nueva generación de investigadores clínicos y, más adelante, de las pacientes.

Los médicos y las pacientes colaboraron para que se obtuvieran los datos de investigación que respondían tanto a las normas científicas rigurosas como a las necesidades de las mujeres. Cuando estas pusieron en tela de juicio la práctica de la mastectomía radical, demostraron que les interesaba algo más que erradicar el cáncer: exigieron tener voz y voto en las tácticas empleadas para identificar métodos eficaces de hacer frente la enfermedad.

Existen varios caminos posibles para aquellos pacientes y miembros de la sociedad que deseen comprometerse por completo como coinvestigadores. Por ejemplo, pueden participar de forma individual o como miembros de un grupo de apoyo del proceso salud/enfermedad o pueden participar en una actividad grupal dirigida, como un grupo de discusión.

Independientemente del mecanismo de participación, sin duda será de ayuda que se familiaricen con los aspectos básicos de las metodologías de la investigación de modo que puedan contribuir con seguridad y eficacia en la asociación con los profesionales de la salud. Para ello, necesitarán información de buena calidad y capacitación pertinente a su función.

Más adelante, se explica por qué la forma en que se presenta esta información, especialmente en términos de estadística, es de crucial importancia para una correcta comprensión. También existen muchas maneras menos notables en las que los pacientes y la población pueden contribuir con los esfuerzos de investigación, en especial si podemos crear una cultura de colaboración que acepte ideas y observaciones desde el punto de vista del paciente.

Los investigadores-pacientes activos de hoy en día pueden volver la vista atrás con gratitud hacia la actividad forjadora de los primeros pacientes pioneros que se dieron cuenta de que debían alzar la voz y desafiar al statu quo, y que para eso necesitaban información exacta. Por ejemplo, en los Estados Unidos a comienzos de los años setenta, un pequeño grupo de pacientes con cáncer de mama, liderado por Rose Kushner, comenzaron a instruirse a sí mismas así poder actuar con eficacia. Posteriormente empezaron a instruir a otras personas.

Kushner, escritora independiente y paciente con cáncer de mama, puso en entredicho la relación autoritaria entre médico y paciente del pasado y la necesidad de cirugía radical a principios de los años setenta. [12] Escribió un libro basado en su examen minucioso de los datos científicos sobre los efectos de la mastectomía radical. Para finales de la década, su influencia y aceptabilidad eran tales que ya colaboraba con el Instituto Nacional del Cáncer de los Estados Unidos en la revisión de las propuestas de nuevas investigaciones. [13]

Del mismo modo, en el Reino Unido, la falta de información instó a las mujeres a tomar las riendas. Por ejemplo, Betty Westgate creó la Asociación de Mastectomía en los años setenta y, en los años ochenta, Vicky Clement-Jones fundó la institución benéfica CancerBACUP (actualmente parte de la Macmillan Cancer Support).

En los Estados Unidos a finales de los años ochenta, las personas con VIH/sida estaban extraordinariamente informadas sobre la enfermedad. Se prepararon políticamente para defender sus intereses ante la clase dirigente, y allanaron el camino para que los pacientes intervinieran en el diseño de los estudios. Gracias a esta intervención, los estudios ofrecieran a los pacientes diversas opciones de tratamiento y esquemas flexibles, con objeto de fomentar su participación.

Este ejemplo se siguió a principios de los años noventa en el Reino Unido, cuando un grupo de pacientes con sida participó en los ensayos en el Hospital Chelsea and Westminster de Londres: los mismos pacientes ayudaron a diseñar los estudios. [14] Estos activistas de la lucha contra el sida hicieron que los investigadores prestaran atención: lo que algunos investigadores habían considerado un caos desatado por los grupos organizados de pacientes fue en realidad que estos, con todo derecho, pusieron en tela de juicio la manera en que aquellos abordaban la incertidumbre.

Hasta entonces, el enfoque de los investigadores había pasado por alto las preferencias de los pacientes en cuanto a los resultados. Por otro lado, los pacientes reconocieron los riesgos que implicaban emitir juicios irreflexivos sobre los efectos de los medicamentos nuevos y exigir la autorización de un fármaco nuevo y «prometedor» contra el sida antes de evaluarlo rigurosamente.

Los investigadores pueden haber argumentado que haber dado una «autorización compasiva» a los medicamentos nuevos en esta forma solo había prolongado el calvario de la incertidumbre para los pacientes actuales y futuros. Sin embargo, los pacientes replicaron que, a fin de cuentas, logró que tanto los pacientes como los investigadores comprendieran la necesidad de evaluaciones comparativas, rigurosas y no precipitadas de los tratamientos, diseñadas en colaboración, y que tuvieran en cuenta las necesidades de ambas partes. [15]

En los años noventa, un ensayo sobre el sida ilustró de manera particularmente clara la importancia de la participación de los pacientes en la investigación. Fue en la época en que acababa de introducirse el medicamento zidovudina para el tratamiento del sida. En los pacientes con enfermedad avanzada, había evidencia científica convincente de un efecto benéfico. Por lógica, la siguiente pregunta era si administrar zidovudina en una fase más temprana de la infección podía frenar el avance de la enfermedad y, de ese modo, alargar la supervivencia.

Se iniciaron ensayos, tanto en los Estados Unidos como en Europa, para examinar esta posibilidad. El ensayo estadounidense se suspendió de manera prematura, cuando se descubrió un efecto benéfico posible pero todavía incierto. Con la participación activa y la aprobación de quienes representaban a los pacientes, y a pesar de los resultados de los Estados Unidos, el ensayo europeo continuó hasta obtener un desenlace claro. Las conclusiones fueron muy distintas: la zidovudina empleada en una fase temprana de la infección no parecía brindar ningún beneficio. Los únicos efectos evidentes del medicamento en estas circunstancias eran sus efectos colaterales indeseables. [16]

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